El 11-S y los mayas

Apocalipto, de Mel Gibson

Mel Gibson dirigió en 2006 esa película tan mala, Apocalypto. En ella se nos quería mostrar como aquellos salvajes mayas merecían ser conquistados, puesto que, entre otras cosas, practicaban los sacrificios humanos. Usted y yo, en tanto ciudadanos de una democracia liberal moderna, somos herederos de esos conquistadores blancos que al final de la película llegaban a las costas mayas en barco a civilizarles. Sin embargo, nosotros también practicamos los sacrificios humanos. No tan frecuentemente, es cierto, no ceremonialmente, por descontado, pero cuando se hace se hace bien, a bulto, en masa. Los mayas de Mel Gibson cortaban cabezas de una en una, pero cinco años antes murieron casi 3000 personas en los atentados de las Torres Gemelas. De golpe, por sorpresa, sin ceremonial pero con gran aparato mediático. Unos quemados, otros asfixiados y otros haciendo salto -base sin paracaídas. Un holocausto en toda regla. Y lo más asombroso, tan asombroso como el asombroso Spiderman, es que nunca, pero nunca sabremos lo que pasó realmente.

Yo no dudo de George W. Bush, entonces presidente, pese a ser un títere ex-alcohólico, barbaridades como estas le superaban ampliamente. Tampoco dudo de la versión oficial, que señalaba a Bin Laden (o Bin Ladin) como cerebro criminal y malvado global. Lo que ocurre es que sigo sin entender cual fue su móvil, para qué tuvo que orquestar esa matanza con espectáculo icónico que redundó más en beneficio de su enemigo que de él mismo y su organización. Las respuestas que dicen, “bueno, es que era un loco sediento de venganza”, o es que “el mal no tiene explicación” son evidentes tomaduras de pelo para una población crédula necesitada de una trama de culebrón. No se llega al puesto de responsabilidad al que llegó Osama Bin Laden a base de pegar gritos como Adolf Hitler en El hundimiento o Pablo Escobar en Loving Pablo, sobre todo si perteneces a una familia rica saudí acostumbrad a la influencia y el poder, que ya se codeaba antes con George Bush padre. De manera que nunca sabremos la verdad de aquel holocausto, al igual que casi sesenta años después no la sabemos acerca del asesinato de Kennedy, otro holocausto humano que no se puede atribuir a terrorismo alguno, que nos consta que vino de dentro aunque ese “dentro” siga siendo un misterio.

Recuerdo aquel día al pobre Matías Prats, que cuando vio el segundo avión impactando en directo exclamó que este era el comienzo de la Tercera Guerra Mundial. Esa noche, acudí con unos amigos a ver a Agustín García Calvo a la Cacharrería del Ateneo de Madrid -era, pues, un miércoles-, a ver qué se le ocurría a él sobre el acontecimiento del recién estrenado milenio. Únicamente cito la Biblia (los ateos la suelen conocer al dedillo, otra cosa que tampoco entiendo bien): “la fe levantó esas torres y la fe -otra fe- las derribó”. Luego siguió a lo suyo, que supuestamente era la lucha dialéctica contra toda fe. Ambos, Matías y Agustín, fueron ingenuos, como todos nosotros aquel día. Ni fe ni guerra mundial ni nada de nada. El resultado de la performance homicida fue que EEUU se permitió establecer leyes anticonstitucionales en su propio país, que llenó de árabes su resort de Guantánamo y que consiguió el petróleo de naciones que no habían participado en modo alguno en el atentado. En tiempo récord, Hollywood hizo su película y Bruce Springsteen sacó el disco de la catarsis y de la renovación de la esperanza. Como se ve, ítems todos ellos que carecen de la solemnidad de una fe o de la trascendencia apocalíptica de un Tercera Guerra Mundial. Tiempo después, Bin Laden fue ejecutado frente a los ojos de Barack Obama y Hilary Clinton, para que se vea qué mal había calculado todo el villano, que no sacó ni una miaja de su crimen y encima terminó -este holocausto sí fue al menos ceremonial- agujereado con público delante. El Mal por fortuna es tonto de remate, que si no lo fuera se saldría siempre con la suya…

Zona Cero

La retórica del 11-S terminó articulada en los siguientes términos: primero, el nombre mismo, un número y una letra, eso no se había hecho ni en el Desembarco de Normandía, pero luego ya la fórmula ha conocido larga descendencia; segundo, bautizar el vacío dejado por el centro financiero mundial como Zona Cero, como si fuese un Agujero Negro ontológico (yo estuve ahí en 2007, estaba tan bonito y reluciente como el resto de la Gran Manzana); tercero, repetir hasta la saciedad que aquel día marcó “un antes y un después”, el comienzo de una Nueva Era (¿Aquarius?); cuarto, repetir también que la realidad supera la ficción, que esas escenas de coloso en llamas no las supera hoy ni James Cameron; cuarto, remarcar la heroicidad de bomberos, fuerzas de seguridad y voluntarios civiles (Marvel publicó un cómic de Spiderman simplemente mirando); quinto, machacar con la idea de que en aquel instante del impacto, todo el planeta entero fuimos Nueva York ultrajado; sexto, insistir en que todo superviviente lo había sido “milagrosamente” (como en Wachtmen, Dios existe, y es americano); y, sexto y último, resaltar el “valor humano” mostrado por el Mundo Libre a lo largo de todo el episodio. Esta parte es la que menos se comprende, a decir verdad. ¿Cual era la alternativa, de habernos faltado a todos “humanidad”? ¿Haber salido a la calle a despedazar a todo individuo con turbante, en un arrebato de furia justiciera? ¿O, al contrario, en una caída a la caquexia, mostramos indiferentes a todo y ni mirar la televisión ni parlotear un poco sobre el asunto? No sé, realmente no lo sé. Lo más significativo, no obstante, me parece lo de que todo aquello superaba las ficciones de Hollywood. Esa observación, que todos compartimos, sí que nos define, sí que supone un antes y un después. Puesto que de la realidad ya no sabemos nada, se nos escapa, o nos la hurtan, por completo, ocurre algo ¡frightening! como el derribo de dos rascacielos o la explosión de una fábrica en Beirut y nos parece cine de catástrofes. No hay nada más que pensar, ese es todo el comentario que nos merece una carnicería como aquella: ¡el mundo es ya como ir al cine! Ya lo cantaba Luís Eduardo Aute: “que toda la vida es cine, y los sueños, cine son…”

(Entre tanto, las 3000 víctimas, personas formadas y privilegiadas que trabajaban en el ombligo mismo del globo terráqueo, y que se creían a salvo de todo trance que no fuera una crisis económica, si desde algún lugar del cielo pudieran mirar hacia abajo y ver cómo nos hemos tomado todo el asunto y lo que hemos averiguado de su holocausto, creo de verdad que sólo encontrarían la clave en la película esa tan absurda sobre los mayas de ese director advenedizo que es Mel Gibson.   Con la importante diferencia de que no se otean veleros salvadores en el horizonte al final). 

2 comentarios en “El 11-S y los mayas

  1. Eso de que Apocalipto es una mala película empieza a parecerse a lo de los libertarados y su campaña antimascarillas… que en cuanto pides soporte argumental y razones lógicas para semejante postura… se te trata como a un sordo-ciego tras siesta de cinco horas que no se entera de nada… sin más explicación. La peli, como todas las del Gibson director, es buena o muy buena, tienen la virtud de susurrarnos lo que no queremos oír, y eso en todo tiempo, no se perdona. En cuanto al atentado de las torres no sé qué decir… si acaso que cuantas más veces repitan estos americanos el autoatentado del Maine o la farsa de la bahía de Tonkin, más nos tragamos todos sus burdos montajes para justificar un nuevo expolio, un nuevo exterminio… somos así.

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